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AnnaLaura Ruiz anima a las madres de todas las edades en su vocación a la maternidad.


A lo largo de la historia humana, se ha considerado siempre que respetar y venerar a la madre es digno de ser reconocido y muy alabado. ¿Será que refleja la grandeza del hombre? ¿Es porque posibilita tener esperanza para el futuro? ¿Acoger una nueva vida será porque el egoísmo no es la palabra final? ¿Podría ser porque representa el eje central de la educación de la sociedad misma? ¿Será porque aumenta su valor ético?

¿No es una madre, si observamos con más profundidad, un reflejo del amor incondicional de Dios? ¿No es un instrumento de su voluntad y una parte significativa en la transmisión de la vida?

La Biblia está repleta de ejemplos que nos enseñan acerca de madres que jugaron roles fundamentales en la Historia de la Salvación. Las Sagradas Escrituras muestran desde Eva, la madre de todos los seres vivos, hasta María, la madre de Jesús, cómo Dios estima el valor de una madre y cómo honra su maternidad.

María, específicamente, es una figura de fe y un ejemplo de plena confianza en la promesa de acoger en su vientre una nueva vida. Ese don divino que portó en su vientre demuestra que toda vida es sagrada desde el inicio y que, pese a su fragilidad, una madre se convierte en refugio y abrigo.

María experimentó su maternidad como una vocación divina, como un llamado a embarcarse en el camino de cuidar a su hijo durante sus años. Esto la transformó y le iluminó una nueva forma de vivir. La hizo crecer en virtud, alegría y santidad, salir de sí misma y dedicarse a la Vida.

Asimismo, Dios llama a cada madre a ser portadora de su poder creador y a participar en la trascendencia y el cuidado de la vida que nace. Será una labor que ocupará su vida entera, a la que no podrá renunciar nunca, ya que sería negarse a sí misma. Será una misión de dedicación total sin pedir nada y darlo todo. Exigirá sacrificio, paciencia y una fe profunda en la compasión de la Providencia. Pero todo eso a cambio de una auténtica y profunda felicidad, por siempre. Por todo esto, la devoción de una madre es uno de los espejos más limpios del amor divino, de la dedicación de Cristo y del llamado a ser guía y fundamento en el trayecto hacia el cielo de sus hijos. Conmemoremos la maternidad con toda la Iglesia como un don divino, una preferencia y el enigma de un nacimiento que va más allá de lo estrictamente biológico, puesto que se trata de nacer del corazón, donde el amor florece.

¡A todas las mamás, gracias por su fortaleza y su valentía!

madre e hijos