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Maria Morera Johnson reflexiona sobre el poderoso impacto de vivir con un corazón agradecido, incluso cuando resulta difícil hacerlo, o quizás especialmente en esos momentos.

Reconocer los dones de Dios

El Día de Acción de Gracias está al caer y, como cada año, las redes sociales se llenan de publicaciones y memes sobre la gratitud. A lo largo de los años, he visto bastantes publicaciones absurdas e incluso cínicas relacionadas con esta celebración. Pero también sé que el algoritmo me mostrará muchos videos conmovedores que seguramente me sacarán alguna que otra lágrima.

Noviembre se ha convertido, de hecho, en el mes de la gratitud. Desde 2016, se celebra oficialmente como el Mes de la Gratitud. Si pensamos en la cantidad de meses conmemorativos que hemos inventado para celebrar todo tipo de cosas, dedicar uno a la gratitud es, sin duda, una excelente idea. Pero ¿qué significa realmente vivir con gratitud? ¿Y por qué es importante dar gracias?

Una de las cosas que más me fascinan de la fe católica es descubrir cómo la ciencia confirma muchas de las prácticas que forman parte de nuestra vida de fe y que a veces damos por sentadas. Una de ellas es, precisamente, la gratitud. Damos gracias a Dios por las cosas grandes y pequeñas, y por tantas otras que recibimos cada día.

Estudios recientes en neurociencia y psicología sugieren que la gratitud influye no solo en nuestra mente, sino también en nuestro cuerpo y nuestra vida espiritual. Vivir con un corazón agradecido afecta la manera en que afrontamos tanto los acontecimientos buenos como los difíciles, manejamos nuestras emociones y el estrés, y nos relacionamos con los demás.

 

 

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Vivir como un pueblo eucarístico

La cultura secular suele presentar estas ideas como si fueran descubrimientos recientes, pero los cristianos llevamos siglos sabiéndolo. En las Escrituras, la gratitud es mucho más que una respuesta a las cosas buenas que nos suceden. Es una manera de reconocer la presencia de Dios, recordar su fidelidad y confiar en su bondad, especialmente cuando nos cuesta reconocerla en medio de las pruebas y dificultades.

Estamos llamados a dar gracias por lo que recibimos, tanto en nuestra oración y adoración como en la manera en que amamos a los demás. Mucho antes de que los diarios de gratitud se pusieran de moda en la psicología popular, la Biblia ya nos enseñaba el valor de vivir agradecidos. Hay tantos ejemplos de gratitud en las Escrituras que sería imposible mencionarlos todos.

Los Salmos están llenos de expresiones de gratitud, pero uno de mis favoritos es el Salmo 103, versículos 1-5:

«Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y sana todas tus dolencias; rescata tu vida de la fosa y te corona de amor y compasión; colma de bienes tu existencia, y tu juventud se renueva como la del águila».

En Lucas 17, 11-19, encontramos el relato de los diez leprosos que Jesús cura, de los cuales solo uno regresa para darle las gracias. Es fácil reconocernos en estos hombres: disfrutamos del regalo, pero nos olvidamos de quien nos lo ha dado. Hacer una pausa para reconocer lo que hemos recibido y dar gracias a Dios es también una manera de darle gloria.

Por último, quizás uno de los pasajes bíblicos más conocidos sobre la gratitud sea este de la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses, capítulo 5, versículos 16-18:

«Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias en toda circunstancia, porque esta es la voluntad de Dios para ustedes en Cristo Jesús».

San Pablo nos invita a vivir con alegría, orar sin cesar y dar gracias en toda circunstancia. He orado con estas palabras innumerables veces. A menudo me he preguntado qué significa alegrarse siempre, porque la alegría no es lo mismo que la felicidad. También me he preguntado cómo es posible orar sin cesar. Y quizás lo más difícil de todo sea dar gracias «en toda circunstancia».

Para mí, entender estas palabras como una invitación a permanecer arraigada en el amor de Dios, incluso cuando la vida se vuelve difícil, lo cambia todo.

Dar gracias por las cosas buenas de la vida nos resulta fácil. Pero afrontar una pérdida, el miedo o la incertidumbre con un corazón agradecido es algo muy distinto. Y, sin embargo, también esos momentos pueden acercarnos más a Dios.

Vivir con gratitud significa recordar la bondad de Dios, reconocer sus dones y mantener un corazón agradecido en cada etapa de nuestra vida. Yo misma sigo aprendiendo a hacerlo y lo practico a diario, aunque no siempre lo consiga. Quizás eso también forme parte del camino: no solo crecer en gratitud, sino aprender a amar cada vez más a Dios.

Hace muchísimos años, descubrí una simpática costumbre en las redes sociales gracias a Matt Swaim, presentador del programa «The SonRise Morning Show». La llamaba el «tuit de gratitud» y la idea era muy sencilla: comenzar el día publicando algo por lo que estuvieras agradecido. Muchas veces se trataba de pequeñas alegrías, como una taza de café calientito o el abrazo cariñoso de un hijo.

Lo que no imaginaba era que aquella iniciativa terminaría ayudándome a adquirir el hábito de dar gracias desde primera hora de la mañana.

 

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Al principio, mis tuits de gratitud hablaban de las pequeñas alegrías de mi vida. Con el tiempo, comencé a dar gracias por cosas más grandes, menos tangibles, pero mucho más significativas. Cuando aquella divertida práctica en las redes sociales fue desapareciendo, yo ya había desarrollado un hábito espiritual profundo que adquiriría un significado aún mayor cuando una enfermedad devastadora cambió el rumbo de mi vida.

Para entonces, había aprendido a dar gracias en todas las cosas. Preferiría no haber tenido que vivir aquella enfermedad, pero no podría haber afrontado ese camino sin Dios, que ha permanecido a mi lado durante todo el proceso.

«Den gracias en toda circunstancia…».

Vivir con gratitud es reconocer que nuestra vida es un regalo. Cuando comprendemos que la gratitud es mucho más que un sentimiento y que nace de nuestra relación con Cristo, empezamos a entender de verdad lo que significa ser un pueblo eucarístico.

Recibimos. Damos gracias. Y salimos al mundo para compartir con los demás el don de Cristo.


Copyright/derecho de autor 2026 Maria Morera Johnson
Imagen: Canvas, Holy Cross Family Ministries