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Edgar Agustín Ramos Quispe comparte una reflexión sobre Nuestra Señora de los Dolores.


Alivio para las familias de hoy en día

Cada 15 de Setiembre la Iglesia y muchas comunidades católicas alrededor del mundo celebran a Nuestra Señora de los Dolores. La devoción a la Mater Dolorosa, muy extendida sobre todo en los países mediterráneos, se desarrolló a partir de finales del siglo XI. El Papa Pío VII introdujo la celebración en el calendario litúrgico romano en 1814; y Pío X fijó la fecha definitivamente para el 15 de septiembre.

Pero muchos se preguntan, al encontrarse con esta Celebración en el Calendario o en las Iglesias, ¿Qué sentido tiene recordar un episodio tan triste o a una Madre llena de Dolor?

Para entender ello es necesario también recordar que en la Semana Santa también se contempla este misterio de María al pie de la Cruz. Y son muchos los que tienen devoción a Nuestra Señora bajo diversos títulos: Dolores, Angustias, Penas, etc. Sobre todo en España y en los países de América Latina como Perú, México y Guatemala por ejemplo.

¿Porqué tantas personas se sienten atraídas hacia una advocación de María que representa los momentos más tristes y amargos que vivió en su vida? No es que los Cristianos tengamos afición por el dolor. Aquí entra un signo importante: la Compasión. Precisamente el nombre antiguo que se le dio a esta Celebración de la Virgen Dolorosa.

 

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Cada título cuenta una historia

Todo ser humano, cuando ve a otro ser sufrir, siente compasión. Al menos es lo natural que debe brotar de nuestros sentidos. Y cuando lo hacemos, cuando brindamos consuelo, palabras de aliento, apoyo físico o espiritual, entre otras formas, nos sentimos bien. Sentimos en el corazón el alivio y la bondad.

Es precisamente lo que las Familias de hoy en día necesitan: ser compasivos los unos con los otros. El Padre y la Madre deben ser compasivos entre ellos, ser Cirineos o Verónicas capaces de levantar la Cruz del otro, de enjugar sus lágrimas y sudores.

Más aún es necesario que los Padres sean compasivos con sus Hijos. Y los Hijos compasivos con sus Padres. Porque muchas veces nos quedamos perplejos cuando recibimos la respuesta dura de nuestros hijos o sus actitudes aisladas nos preocupan. Sin embargo, no debemos tener miedo, porque como María y José debemos guardar en nuestros corazones todo ello y emprender el camino hacia Egipto o Nazaret con la misma confianza de saber que nada nos podrá vencer si estamos unidos como Familia, si a pesar de lo que hagamos o nos digan podemos ser persistentes en la Oración Familiar, si ponemos nuestra confianza en Dios Padre.

El mismo Dios que no dejó que las lágrimas y pesares de su Hijo Jesús y su Madre María sean dolores estériles en aquellos años de vida en Nazaret y precisamente en el primer Viernes Santo en Jerusalén. Él nos promete estar con nosotros siempre, y prepararnos con ánimo para vivir “la Pascua” luego del sufrimiento.

¡Reza en Familia! Aunque te parezca algo inútil o con resultados a largo plazo. Recuerda que María Santísima también sintió en su corazón lo mismo, y aún así fue una Madre perseverante. Aunque las lágrimas brotaron de sus ojos, de su boca no salió ninguna queja, porque su Confianza estuvo puesta desde siempre en Aquel a quien amó desde el primer instante de su Vida.

Por ello, querida Familia Católica, cuando vuelvas a contemplar una imagen de Nuestra Señora y veas su Corazón traspasado por una o siete espadas, recuerda que no estás solo, tienes una Madre que te ama: María.

Familia que reza unida permanece unida. Venerable Patrick Peyton, C.S.C.

 

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