Hna. Catherine Lucia Phoebe Addington, FSP explica cómo Cristo vino a darnos vida, no simplemente existencia, sino vida en abundancia.
Una meditación de otoño sobre el libro de Rut
Estamos en plena temporada de cosecha. Lo que llega a la mesa en estos días —el maíz, las manzanas, el pan de cada día— nos ofrece una oportunidad diaria para dar gracias a Dios por todos sus bienes. A la vez, le damos gracias por cada persona que trabaja la tierra detrás de esa abundancia, y rogamos por ellos y por todo lo que aguantan durante estas jornadas largas bajo el sol. La Biblia conoce bien esta realidad, y nos cuenta la historia de una de esas trabajadoras agrícolas: Rut.
El libro de Rut transcurre durante la cosecha, y por eso todavía hoy se lee en la fiesta judía de Shavuot (Pentecostés), que conmemora la entrega de la Ley a Moisés. Rut es una viuda moabita, casada con un judío cuya familia había huido a Moab durante una hambruna. Al morir su esposo, su suegra Noemí decide volver sola a Belén, pero Rut insiste en acompañarla: «Adondequiera que tú vayas, iré yo... tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios, mi Dios». Ya en Belén, Rut sale a espigar (es decir, recoger las sobras de la cosecha reservadas para los pobres) y llega al campo de Booz, pariente de Noemí, con quien terminará casándose. De esa unión nace Obed, abuelo del rey David y antepasado de Jesús.
Rut llega a esa historia dispuesta a conformarse con las sobras. Y sin embargo, Dios le tenía preparadas las primicias.
Lo veo de dos maneras.
Primero, Dios ama a la extranjera. Rut no es una extranjera cualquiera, sino moabita, miembro de un pueblo que la tradición bíblica miraba con desconfianza (hasta el relato de Génesis sobre el origen incestuoso de los moabitas resulta incómodo). Rut podía haber esperado ser tolerada, tal vez por haber oído decir que el Dios de Israel protege a la extranjera y a la viuda. “Me aceptarán como moabita entre judíos”, quizás pensaba. No habría sido su preferencia: estaba acostumbrada a su vida en su tierra natal de Moab. Pero se resignó a su propia condición de extranjera entre “las sobras” dejadas por Dios en su camino.

Pero Dios tenía otros planes. Él no se contentó con dejarle las sobras, sino que quiso entregarle las primicias: no solo fue aceptada mediante el matrimonio dentro del pueblo de Israel, sino que se convirtió en protagonista de un libro canónico de la Torá, y además en antepasada de Jesús. ¡Qué herencia!
Segundo, Dios la ama como mujer. Toda mujer desea ser amada y elegida, no solo tolerada. Hay un detalle en la historia que a primera vista parece innecesario: antes de casarse con Rut, Booz tiene que resolver el asunto con un pariente más cercano, que por ley tendría más derecho —o, más bien, más obligación— de casarse con ella. Cuando se le presenta la opción, ese pariente responde con claridad: le interesa la tierra de Rut, pero no ella. Booz, en cambio, la quiere a ella, y lo declara en público, ante los ancianos de la ciudad. No será una boda arreglada y silenciosa, cumplida por obligación legal, sino una unión querida por ambos.
Rut esperaba, quizás, que un hombre le diera estatus legal dentro del pueblo —«las sobras» otra vez. Pero Dios quería darle las primicias: ser amada, elegida y querida.
Cristo nos prepara las primicias
Creo que esta historia nos invita a preguntarnos: ¿en qué área de nuestra vida nos hemos conformado con las sobras? Tal vez en cómo nos vemos a nosotras mismas, en una relación, en la manera en que esperamos ser tratadas por Dios o por los demás. Consideremos que el Señor quiere darnos las primicias. Quiere vernos amadas, elegidas, queridas. Tiene buenos planes para cada una de nosotras.
Cristo vino a darnos vida, no simple existencia, sino vida en abundancia. Esta temporada de cosecha, que esa sea también nuestra oración: no conformarnos con las sobras, sino recibir con confianza lo que Dios, generoso, ya tiene preparado para nosotras.

Copyright 2026 Hna. Catherine Lucia Phoebe Addington, FSP
Imagen: Canva
About the Author
Hna. Catherine Lucia Phoebe Addington, FSP
Hna. Catherine Lucia Phoebe Addington, FSP es religiosa de las Hijas de San Pablo (Hermanas Paulinas). Enraizadas en la espiritualidad paulina, ella y sus hermanas viven la maternidad espiritual dando a luz a Cristo en el mundo de la comunicación, "hasta que Cristo sea formado en ustedes" (Gal 4:19). Escribe desde Alexandria, Virginia. Sr. Catherine Lucia Phoebe Addington, FSP is a religious sister with the Daughters of St. Paul. Rooted in Pauline spirituality, she and her sisters live spiritual motherhood by bringing Christ forth into the world of modern media, "until Christ be formed in you" (Gal 4:19). She writes from Alexandria, Virginia.

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